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"Brisa"

Por Erasmo García
Cartagena

La primera vez que vi el árbol que ahora os presento me enamoré de él.
Me cautivaron su porte, su elegancia, sus ángulos y sus distintas perspectivas. Esto suponía un problema: que su propietario y cuidador durante más de diez años sentía exactamente lo mismo que yo por este olivo.
Por fortuna para mí, los dos somos íntimos amigos y nuestra amistad permitió que compartiéramos sentimientos y emociones y hasta que me cediera la planta que tanto me había cautivado.

Siempre que se trata de formar un árbol, todo cultivador de bonsái acaba por enfrentarse a situaciones que le desasosiegan, porque según la solución que adopte puede determinar que un árbol vaya evolucionando progresivamente de una manera prometedora, ofreciendo en cada momento lo mejor de sí mismo a través de una contemplación satisfactoria y llena de perspectivas halagüeñas; o por el contrario,  que se oriente sin un plan de ejecución adecuado y en consecuencia lo veamos siempre como una eterna promesa incumplida, es decir, como una obra cuya realización no acierte a vislumbrarse nunca.

Ocurre a veces que cuesta determinar cuál será el frente adecuado del árbol y su posición más conveniente en la maceta. Esta circunstancia se complica cuando un material de gran calidad ofrece varias soluciones y no apreciamos con facilidad cuál es la mejor opción para que el bonsái revele todo el esplendor que oculta su naturaleza.

Este es el caso de nuestro árbol en cuestión. Así es que procuré superar la impaciencia por trabajarlo que me consumía proporcionándole un cultivo de alto rendimiento. Mientras tanto, dedicaba buenos ratos a contemplarlo para estudiarlo desde todas las perspectivas plausibles que se me ocurrían. Cuidado con violentar el desarrollo; no nos confundamos: en modo alguno forcé la naturaleza del árbol, sino que procuré que en cada estación aprovechara sus posibilidades al máximo.

Hemos de tener en cuenta que los árboles son seres vivos; no respetar su ciclo vital o aplicarle intervenciones agresivas, sobre todo si se es inexperto y se desconocen las características de la especie, el estado de la planta y la época más propicia para trabajos fuertes, impide adelantar nada en la trayectoria del árbol, pero a cambio, frena su evolución e incluso trunca su vida. Buena prueba de ello son los “cadáveres” que quedan tras importantes “demostraciones”. Sucede que los árboles han sido incapaces de resistir las pruebas a que han sido sometidos o, sencillamente, que después de ellas no se les han prodigado los cuidados oportunos y se han secado.
Para conseguir un cultivo óptimo del olivo, por lo menos en la zona levantina de España, basta con proporcionar al árbol tierra, agua y abono de gran calidad en las dosis oportunas, y siempre sol y aireación.  Durante este período de tiempo, me permití dar algunos retoques a la madera muerta, respetando siempre el modelado que le habían hecho los elementos naturales. El aire húmedo salitroso con partículas de arena; la lluvia, el viento, el frío, el sol, la roca que le daba sustento, nos han dejado un trabajo magnífico, que ningunas manos pueden superar; y como yo no estaba dispuesto a estropear una labor de esculpido natural largamente centenario, me limité a limpiar esa madera y a darle conservante, dejando al descubierto el bello aspecto que ya presentaban vetas y anillos retorcidos en la vieja corteza del tronco.

Así preparé al árbol para el siguiente paso. El trasplante a una maceta un tanto especial, acorde con la elegancia de su tronco. Esto realzó de inmediato el magnético porte del árbol. A partir del trasplante el olivo respondió a todos los trabajos como yo esperaba. De manera que decidí presentarlo a una exposición que se celebraba en el Museo de Alcobendas de Madrid, donde se seleccionarían veintidós árboles para representar a España en la exposición europea Gingko 2005.

A la vuelta de la exposición decidí intervenir a fondo en la vida de este olivo. Comencé entonces a darle vueltas y más vueltas para buscarle el mejor frente posible, pues es tan especial que brinda muchísimas opciones. Finalmente me decidí a cambiar la posición de plantado y a podar las ramas para darles forma en armonía con la nueva perspectiva que había escogido. Sin embargo, respeté las ramas importantes y maduras que configuraban el olivo.

Le escogí una maceta del mismo modelo, pero sin barnizar, de modo que resaltara la rusticidad de la especie y quedó el árbol tal y como se encuentra en la actualidad. Hizo un buen papel. Fue escogido entre los quince mejores árboles de Europa presentados; y recibió un premio muy bonito, consistente en un libro numerado con la colección del Sr. Iwasaki, que fue el juez de dicho evento. El futuro de este árbol estriba en mantener la elegancia y el porte femenino y delicado que ofrece, madurando en compañía de su cuidador. Por cierto, este olivo fue “bautizado” con el nombre de la “Brisa”, y, tal y como habréis deducido amigos lectores, es uno de mis favoritos.

      

 

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